Nuestra experiencia en estos lares no empezó muy bien que digamos. Aterrizamos en Rio en un aeropuerto que mas bien parece planta nuclear de Springfield. ¡Está horrible! Y eso, cuando por fin nos bajaron del avión porque estuvimos en posición remota y con la puerta abierta durante una hora “quesque porque no había camioncitos”. Después de una espera eterna, pasamos migración y aduana y ya me comía el tiempo, tenía que trabajar y no hay wifi en el lugar. Entonces, @ferdelriop se acercó a una mujer del comité organizador de la Confederaciones y le dijo: “ mi hijinho tiene que trabajar, ¿le prestas tu computadorsinha?” Yo pensé que lo iban a mandar al diablinho y no, muy amable me dejó usar su laptop.
Tomamos el taxi al hostal y empezó la sorpresa de mis canchanchanes. Pagamos 700 pesos por un trayecto de 20 minutos y están impresionados de lo caro que es Brasil. En el súper una Coca de lata cuesta 21 pesos, una cerveza nacional 20 pesos y los cepillos de dientes 20 pesos. Tuve que comprar uno porque no encuentro el mío y la verdad me da flojera buscar en la maleta.
Después de trabajar, fuimos a Copacabana y obviamente la protagonista fue la bandera. Othón y yo nos sentamos a tomar una cerveza y papá se fue a buscar un palo para la bandera y por increíble que parezca, lo consiguió. Caminamos por la playa y todos querían foto y nos gritaban “Chicharito, Chapulín Colorado”. Es lo que más les gusta de México. Terminamos comiendo en un Mcdonald’s que ni anuncio tiene y que se jacta de ser el más antiguo de América del Sur. Se hizo de noche a las 5.30 y nos fuimos al metro pero un tipo ya se andaba poniendo revoltoso y nos quería robar pero andábamos vivarachos y nos cruzamos la calle. Ya no pudo hacer nada.
Regresamos al hostal a echar unas cervezas y papá aprovechó para colgar la bandera cual vil Cristóbal Colón conquistando el continente.
Para la noche, fuimos al barrio de Santa Teresa que es el equivalente a Coyoacán. Hay casas muy grandes y bares para hipsters o personas que no pueden dejar de añorar el pasado. Le entramos a un arroz con frutos del mar que estaba buenísimo y ahí fue donde papá se echó su frase, ahora célebre: “si rentamos un camper para ir a Austin a la Fórmula 1, agarramos la jarra”. Tal parece que no fue necesario esperar a la F1 y seguimos entrándole a las chelas.
Nos cambiamos a un bar de Lapa, la zona de Rio de Janeiro que vive de noche con todos los lugares estilo el Heaven. Una caguama, dos caguamas y de repente, perdimos la cuenta porque nos pusimos a tomar con una pareja de brasileños. Ya éramos compadres. Llegó la cuenta y en total eran 13 caguamas y ni de chiste habíamos tomado eso. A lo mucho eran ocho y nos la querían ensartar sabroso. Obviamente no me dejé y fuimos a reclamar. Mientras discutíamos con el mesero y luego el gerente, la pareja de brasileños aprovechó para fugarse sin pagar un quinto y querían que nosotros nos hiciéramos responsables. Yo dije ni madres y un chango marango se nos puso enfrente y no nos dejaba ir. Le dije a papá que lo esquivara y fuera por la policía y que llegan los oficiales Matute. Llegaron los polis y se armó la gorda y nos defendieron. Othón estaba necio con que no pagaríamos porque un mesero lo agarró del cuello. Yo le dije al poli que no iba a pagar lo que decían en el lugar y pues no. No cedí un ápice. Pagamos lo justo. Era obvio que nos iban a seguir para madrearnos, entonces tuvimos que tomar un taxi.
Los ladronzuelos que huyeron
Ya veníamos de regreso pero vimos un carrito de hot dogs. Parada obligatoria. Así terminó la cosa.
Ya de regreso en el hostal, abrimos otras cervezas y a dormir. El día se nos acabó a las 6 de la mañana. Me desperté a las ocho y mi litera es la de arriba, pero hay una viga justo en medio. Se tiene que levantar uno con mucho cuidado. Como andaba medio dormido, no me di cuenta, me levante y pum! Me di el golpe de mi vida en la frente. Todavía me duele y fue hace horas.
Hoy empieza la Confederaciones y ya quedamos con todos los mexicanos en ir a Copacabana a ver el juego de Brasil aunque el pinche clima está justo así, pinche.
Othón haciendo berrinche









































