José: un ejemplo de vida

Esta es la historia de José, un joven con parálisis cerebral y que sigue luchando por su vida.

El jueves pasado acudí al súper a comprar unas medicinas para mi hermano, que tiene un fuerte catarro. Eran casi las doce de la noche y en la salida, me encontré con un joven en silla de ruedas y su madre, pidiendo dinero con la típica receta médica en la mano.

Me acerqué para preguntar cual era la necesidad y la mamá, Catalina, me preció que José necesitaba de forma urgente que le quitaran las muelas del juicio. A simple vista, uno pensaría que esto realmente no es un indispensable, pero dadas las condiciones de José, se vuelve crucial, ya que debido a la parálisis cerebral, su coordinación no es la mejor y con las muelas estorbando, cada vez que come se muerde y tiene la boca muy maltratada. La situación es tal, que José prefiere ya no comer con tal de no lastimarse más.

José y su mamá son de Tizayuca, Hidalgo y solo vinieron a la Ciudad de México a pedir limosna para juntar los seis mil pesos que el dentista del pueblo les dijo eran necesarios para la extracción de las muelas.

En ese momento, yo no traía un quinto en efectivo y quería ayudar. Le dije a José y su madre que me marcaran a las siete de la mañana del viernes. Mientras tanto, a través de Twitter comencé a buscar soluciones y muchos de ustedes me indicaron que llevara a José a Odontología en la UNAM, donde los tratamientos son más baratos.

El joven y su mamá se fueron a un hotel de paso a dormir y por la mañana, me llamaron por teléfono. Quedamos de vernos en San Cosme, justo afuera de donde se estaban quedando y tomamos un taxi a la UNAM para buscar una solución. Ahí le dijeron que le tenían que sacar las cuatro muelas y realizar otros procedimientos, pero que era imposible realizarlos en ese momento, pues dada la parálisis cerebral de José, se necesita un especialista para atenderlo y sólo va martes y jueves (cuando va).

Obviamente el tratamiento no es barato y tuve que ir a hablar con el director de la unidad odontológica para ver si se puede hacer un descuento, pues ustedes conocen mi situación actual, estoy desempleado y no me es fácil cubrir los gastos. Después de negociar un rato, conseguí que el tratamiento sea gratuito.

Los problemas de José no se limitan a esto. Catalina, su mamá, tiene diabetes y problemas en el corazón. Aunado a ello, viven con la abuela de ochenta años y Catalina no puede tener un trabajo formal por tener que cuidar a José y viven de vender galletas.

Ellos se han acercado al gobierno del estado pero la respuesta ha sido negativa. Algunos les han ayudado pero no es suficiente. Además del tratamiento, hay que pagar la estadía de mis dos amigos en la Ciudad de México. Son al menos nueve noches de hotel las que se tienen que pagar con todo y sus viáticos. Además, José necesita una silla de ruedas de las que son chiquitas, más flacas de lo normal. La suya cada vez que la bajamos, se desarma. Está rota.

Por todo esto, acudo a ustedes para que nos ayuden. Cualquier ayuda monetaria es importante en este momento. Se necesita del apoyo de todos. Si quieren aportar algo, pueden twittearme a @mexicofer para que nos pongamos de acuerdo.

José nos necesita y no somos nadie para negarle otra oportunidad y si podemos ayudar a mejorar su calidad de vida, yo estoy dispuesto a hacerlo.

Por cierto, José le va al América. Si alguien sabe cómo podemos tener acceso a un entrenamiento del equipo para convivir con los jugadores, le habrán hecho realidad su sueño.

 

¡Ya llegamos a China del Norte!

Como de costumbre, cuando estoy fuera de la casa y tengo que despertarme para ir al aeropuerto, puse tres despertadores. Así es. Mi teléfono, el radio del cuarto y eso de llamar pa que te despierten, siempre sirve para que no pierda el avión, aunque por los nervios, nunca puedo jetearme como Dios manda.

Llegué a las nueve de la mañana al aeropuerto y me tuve que soplar media hora formado en seguridad. Todos nos quejamos de que los mexicanos somos un desmán en dos patas, pero al norte de la frontera, los gringos no cantan mal las rancheras.

Cuando llegué a la sala, me asignaron asiento y me tocó el 3L. Muy bien porque es ventana pero al mismo tiempo me choca porque como me echo mis drinks en el avión, me dan muchas ganas de ir a desaguar y no me gusta estar despertando al de a lado y más si el vuelo es de quince horas. Lo bueno es que como son camas, sólo lo tengo que brincar y ni se despierta mi compañerito de viaje, que en esta ocasión, es un chino adinerado de esos que sus papás zurran dinero. El nene estudia en Nueva York y va a China dos veces al año y en primera clase. Clásico que es de las mafias que se manejan en este lado del mundo.

De las quince horas dormí ocho y las demás me las pasé comiendo, obviamente los pantalones me iban a reventar, pero ni modo, no me subo en Primera Clase todos los días. Antes de aterrizar, ya que íbamos en línea recta a Shanghai, algo así como hora y media antes, un avión se puso abajo y fue impresionante ver cómo quema gasolina y la velocidad a la que va, porque normalmente no lo notamos.

Llegamos y en apenas diez minutos ya había pasado migración, aduana y cambiado dinero. Los gringos deben aprenderle un poco a los chinos de esto. Después tomé el Maglev, que es el tren que va a 431 kilómetros por hora y en ocho minutos ya estaba en Shanghai.

¡Qué noche la de anoche!

Después de muchos días de planeación y pasar corajes por distintas razones ajenas a nosotros y que sólo se le pueden achacar a la ignorancia de los empleados de Aeroméxico, al fin vamos en camino a Shanghai. Hoy es viernes y toca ir a Nueva York en un 757-200. Salimos de México pasadas las nueve horas y la verdad es que sentí mucha envidia porque los asientos de Primera Clase, al ser un avión grande, se hacían cama y yo, iba atrás como prole que soy y además en medio de dos gringos medio jetones.

La cosa no paró ahí. Me fui dormido la mayoría del vuelo pero de repente me desperté y estornudé y que me empieza a salir sangre de la nariz y que córrele al baño y a verdad, no que no se quitaba el gringo jetón.

Una vez aterrizando, había que pasar migración. Ya estoy harto de estos gringos. Tienen 30 mostradores y sólo abren cinco. ¿Para qué construyen treinta entonces? Es puro plan con maña porque ya me los caché y quieren que compremos el Global Entry, que cuesta 100 dólares anuales y en cuanto regrese a trabajar, voy a aplicar porque literalmente es de a tiro por viaje que uno se tarda una hora en cruzar migración y es muy desesperante.

Hice el check-in en el hotel y estaba muerto de hambre, así que me atasqué un Philly Chisesteic pero me lo trajeron mal. Claramente dije que sólo la carne, el queso y un poco de salsa barbeche y le pusieron lo que quisieron. Raro para los estándares gringos, aquí casi nunca la cajetean. Ya después me di cuenta que el mesero era puertorriqueño y he ahí la explicación del error.

Decidí que iría a conocer el centro de Newark y para ello debía tomar el shuttle de regreso al aeropuerto. Me trepo a la camioneta y en pleno freeway, me doy cuenta que olvidé mi backpack y que me bajo y me regreso. Lo bueno es que había dejado la mochila en el cuarto, pero no estaba seguro de ello. Comenzó una vez más la travesía y ahora si no olvidé nada y pronto estaba en Newark, una ciudad que ya entendí por qué nunca había conocido: está llena de gente que da miedo, puro Black en la calle y no es por ser racista pero el olor a mariguana los delata.

Ya estaba encaminándome para regresar y comencé a ver muchos jerseys de hockey y pensé: “el estadio ha de estar por aquí y seguramente hay partido, me iré a dar una vuelta nomás pa tomarme la foto.” Rápidamente encontré el Prudential Center y obviamente no iba a entrar, pues los boletos son carísimos y además no había. Por curiosidad me acerqué a la taquilla y un cuate apareció de la nada y me dijo que le sobraba un boleto y que me lo regalaba. Al principio me le quedé vindo extraño y me explicó que lo habían dejado plantado.

Ya con el boleto en la mano, pregunté en la taquilla si era un buen lugar. Yo sabía que si lo era pues era de un palco, pero mi escepticismo me decía que fuera a ver que el boleto no era pirata o algo así. Y pues no. Todo estaba en orden. Había pasado algo increíble: yo había ido a Newark a darme una vuelta y conocer el centro y comprar unas chelas para tomármelas en el hotel y en ese momento estaba sentado en una suite viendo un partido de hockey de la NHL, tomando los mejores vinos y sin pagar un solo quinto.

El hockey es un deporte frío por donde se le mire. A la gente le falta pasión y sólo gritan cuando hay gol. Es tal la necesidad de crear ambiente, que el sonido local pone música cada vez que se para el partido. El marcador final fue 6-3. Los Devils derrotaron a Dallas Stars y yo me fui muy contento de regreso al hotel. Ir al hockey me recordó mis años mozos cuando era niño y Santa nos trajo unos palos y unas porterías. Al principio nos poníamos los patines y jugaba con el Cachuchas en el garage, pero después la pasión nos traicionó y terminamos usando las porterías pero para jugar futbol.

Así fue el primer día del viaje. Muchas cosas inesperadas y, sin duda, un día para recordar. Fue como sacarse la lotería sin siquiera tener que comprar el boleto. Acá les dejo unas imágenes de lo mejor del día. Ahora ya estoy en China y no se pueden abrir twitter, facebook, youtube y ninguna red social occidental. por más que intenté encontrar un proxy o vpn, fue imposible.

 

 

Tomando vino de la botella

Se acabó Montevideo. Por la mañana tomé un camión tempranero a Colonia, una ciudad que es Patrimonio Cultural de la Humanidad y que está a 80 kilómetros de Argentina, a orillas del Río de la Plata. El bus parecía pollero y se paraba donde la gente quería. En un trayecto de dos horas, hizo nueve paradas. Hagan de cuenta que un microbús de largo recorrido.

Mientras el camión salía de Montevideo me estuve fijando que no pasa una cuadra sin que haya al menos una fachada pintarrajeada. Mucho vándalo por acá y me recordó a los años noventa en las inmediaciones del Casco de Santo Tomás, cuando estaba de moda graffitear con el número de la vocacional del porro en cuestión.

Llegamos a Colonia y tomé un taxi al hostal y después salí a caminar por las tres calles que tiene este pueblo. El atractivo más grande es el faro y que me trepo. A la mitad de la escalera sentía que me desmayaba, esto de la condición física no se me da mucho. Cuando ya estaba en lo más alto, literalmente vi la luz.

Acá en Uruguay todo es muy caro. Pagar 150 pesos (mexicanos) por una pasta insípida se me hace un abuso. Creen que son primer mundo y deben ubicarse en su triste realidad. Los precios son exorbitantes. Además, el servicio en general es muy malo. Me senté a comer en una parrilla y la carne estaba horrible. Le pedí al mesero que me pusiera los huesos para llevar y dárselos a un perro y vean cómo me los trajo. Ni un platito desechable ni nada. Para colmo, un pájaro se cagó en mi mesa jajajaja.

Pasada la hora de la comida, saqué mi botella de vino y me fui al muelle a leer. Estaba yo sentado al final y junto a mi, un niño con su laptop con todo e internet y eso que estábamos como a 200 metros de tierra firme. Resulta que el gobierno le regala computadoras a algunos alumnos y ya vienen con una tarjeta de red y toda la cosa. Julio me estuvo contando cómo es la vida en Uruguay.

De repente unas pubertas hicieron acto de presencia y estuvieron en la banca de a lado como media hora, mientras se tomaban fotos y se contaban los chismes del día en la escuela. Antes de irse, las mocosas sacaron un plumón y se pusieron a rayar una de las columnas. Les digo que acá hay mucho pandillerito en potencia.

Disfruté mucho mi botella de vino mientras leía. Creo que nunca había tomado directamente de la botella y fue raro. Como había mucho sol, acabé pidiendo un vaso con hielos en uno de los restaurantes cercano por ue mi bebida enjundiosa ya se estaba calentando.

Para la noche, regresé al hostal con mi libro bajo el brazo, como el reino animal en la canción de Cri Cri. Después de unas chelitas, me fui a dormir pero olvidé mi libro y no me di cuenta hasta que me desperté. Es importante mencionar que había un chino en la recepción muy mal encarado. Esto es importante para el relato de mañana.
Por lo pronto acá las imágenes del día.

Esta la tomé en El Faro, de lo poco que hay en Colonia. En un día bueno, se alcanza a ver Buenos Aires al fondo.

Acá la vista desde el otro lado del Faro. Se observa el puerto del Buquebús.

Este es el parrillero que era medio bestia. A cada rato se le rompía el papel aluminio del pollo que estaba en el asador y la carne ni le quedaba buena.

UN parte del restaurante donde comí. En serio se veía bueno y resultó una enorme decepción y muy caro. mi carne estaba llena de pellejos.

Como la carne era puro pellejo, pedí que me la pusieran para llevar y la metieron directamente a la bolsa. Muy malo el servicio por estos rumbos. Los pellejos se los acabé regalando a un perro que seguramente agradeció que me hubiera tocado un pedazo malo y que terminara en su boca

Los colores de Colonia…

Una calle de Colonia que bien podría estar en el centro de París.

La botella de vino que me atasqué mientras leía. Don pascual es una de las bodegas más reconocidas de Uruguay y quería probar ese vino.

Este es el muelle en el que me arrané a tomar mi botella mientras disfrutaba de mi vino.

Montevideo y sus estadios

Hoy fue día de visitar estadios de fútbol. Generalmente el primer cuestionamiento de la gente es juay prefiero estar conociendo estadios en lugar de ir a museos y las atracciones del lugar que visito. Hay muchas razones. La primera es porque el fútbol es muy importante en mi vida y no basta con verlo, hay que saberlo. Cada ve que estoy viendo Sportscenter y pasan los goles de algún partido, me pregunto cómo es el estadio, el barrio y todo lo que rodea a ese equipo. Y si ya he ido al lugar, me sirve para recordar, pues ya saben, recordar es vivir.

Segunda razón, las atracciones de una ciudad suelen ser muy caras y no está el horno para bollos y no podemos estar despilfarrando el dinero en muchas cosas que al final resultan decepcionantes. Tercera razón, los monumentos, museos y demás, suelen estar llenos y ni disfruta uno. Cuarta razón, yendo a los estadios conoces cómo vive la gente. Visitando los estadios pude conocer el verdadero Montevideo y no el turístico. Es como si un uruguayo visitara México y no saliera de Reforma y el Centro Histórico. Ese no es el verdadero México.

Apenas terminé de desayunar y me preparé para la aventura de hoy y vaya que fue atractiva. Como hombre prevenido vale por dos, le mandé a la chica de la recepción los mapas que bajé de Google Maps para no perderme. Cuando bajé por ellos, la mujer estaba vuelta loca porque mandó imprimir el archivo 4 veces y a color y eran 7 mapas y no sabía cómo cancelar las impresiones jajaja

Como hoy también fue día festivo acá en las uruguayas, la recepcionista había traído a su hermano de 13 años a trabajar y me quedé un rato platicando con él. ¿De qué podíamos hablar un mexicano de 25 años y un uruguayo de 13? Pues de fútbol. Aunque no lo crean el fútbol nos une en todo el mundo.

Decidí que mi primera escala sería el Parque Capurro, sede de Fénix, equipo que le atascó un amargo 6-1 a Cruz Azul en alguna edición de la Copa Libertadores. Obviamente me propuse colarme a la cancha de los estadios que visitara. Pos oye, después de meternos de contrabando hasta en White Hart Lane en Londres, todo es posible. Y vaya que cumplí con mi misión.

Después de un recorrido en camión que duró media hora y una caminata de quince minutos, llegué al estadio y cual fue mi sorpresa al ver estas imágenes. La rivalidad con otros equipos es mucha y para muestra, una pared del estadio que fue pintarrajeada por el equipo rival.

Esta es la taquilla. Acá venden los boletos. Las condiciones de la mayoría de los equipos de Uruguay es precaria y eso que todas las fotos que veremos, son de equipos de primera división.

Como estaba terminando el entrenamiento del equipo, pedí permiso para meterme. Ya saben, lo clásico: “ oiga vengo desde México y me gustaría tomarle una foto a la cancha. Soy seguidor de Fénix (ay ajá) “. Siempre funciona.

Acá las imágenes de la cancha y los vestidores del equipo local. Da hasta pena ajena la situación. Y pensar que en México nos quejamos de nuestros estadios.

Esta es la taquilla del Paruqe Capurro de Fénix.

Como estaba terminando la práctica, me hice amigo del utilero y el masajista y me colé hasta el cuarto donde guardan los tacos y me dejaron tomarle fotos al equipamiento de los jugadores. Olía medio feo eh jajajaja.

Al final, me tomé una foto con “El Pájaro”, el viene viene que cuida los coches de los jugadores. Yo no quería, pues odio a estos personajes, pero el tipo me ayudó a meterme e insistió mucho y de eso a dale propina, pues mejor la foto.

En dos kilómetro a la redonda hay cinco estadios. Ahora tocaba el turno de caminar al del Liverpool. La cosa se puso medio ruda, pues la zona no es muy amigable que digamos y el estadio está en el olvido y eso que es de primera división.

Sí señoras y señores. Esta es la fachada del estadio de Liverpool. Del lado izquierdo se pueden observar las taquillas. El estadio se llama Velvedere.

En esta pared, presumen que hace en este estadio, hace 101 años, la selección de Uruguay utilizó por primera vez la playera celeste. Las ocho placas hacen alusión a ello. Se ve que no tienen muchos méritos deportivos y tuvieron que hacer esto.

Por increíble que parezca, afuera del estadio hay una excavación de cinco metros de profundidad y la gente camina a ladito. Peligrosa la cosa.

Vean la tribuna principal. Son estadios para menos de diez mil personas y no se caen a pedazos nomás porque están prácticamente al nivel del piso. Instalaciones muy viejas las del Liverpool. Eso si, pronuncian al equipo como la ciudad inglesa y no como la tienda departamental mexicana.

Llegó el momento de caminar por El Prado, una zona de clase media donde hay tres estadios en mismo número de manzanas. Mi primera escala fue en el Parque José Nasazzi, casa de Bellavista.

La mayoría de los terrenos donde se encuentran los estadios, fueron cedidos por el gobierno de Montevideo. Este no es la excepción.

Vean el “estadio”. Esto bien podría ser una cancha de Magdalena Mixhuca o como se escriba.

Y de la taquilla ya mejor ni hablamos…

Con un dolor de pies enorme por todo lo que había caminado, era el turno de visitar el estadio de Montevideo Wanderers, un equipo que se creó como la mayoría, con ayuda de los ingleses que se afincaron en la República Oriental de Uruguay.

Llegué con la esperanza de encontrarme un estadio de a de verás pero nada. El Alfredo Víctor Viera fue una decepción. No entiendo cómo es que la Conmebol permite que algunos juegos de Libertadores se jueguen en estas pocilgas. A veces si los cambian a estadios más grandes y decentes pero otra los dejan así.

Esta es la fachada del estadio de Wanderers, el cual está enfrente de un complejo de tennis muy bonito. Algo así como polos opuestos. Nótese que está graffiteado.

¿Qué tal este mensaje? El que lo escribió se inspiró un ratito o sólo es un fantoche que está faroleando.

Unas imágenes de la cancha. El pasto se veía bien cuidado pero no daba el ancho para ser uno de primera división.

En Uruguay también hay un River Plate y parece la fiel copia del conjunto argentino. Ignoro la historia del charrúa y ahorita no hay internet para poderlo checar en mi amiga Wikipedia.

La sede del equipo es el estadio Parque Saroldi. SI uno va caminando por la calle sin saber que el inmueble está ahí, ni se entera. Esta pared se encuentra atrás de una de las porterías y es lo único que te dice que estás en la cancha de River.

Acá también me pude colar a la cancha (como en todos las demás, #superenesonovatos). Atrás de la tribuna principal, había un grupo de personas organizando una fiesta infantil y se me quedaron viendo raro porque me mezclé entre ellos para poder entrar. Toqué en la puerta del presidente y le pregunté si podía tomar una foto y su respuesta fue: “ ¿vos sabés que no sé? Andate y habla con el canchero y decile que te abra la puerta”. Yo me quedé como López Dóriga cuando entrevistó a Anthony Hopkins. ¿Quién carajos es el canchero? Total que no le hice caso y como la puerta estaba abierta, me metí y pude tomar estas fotos.

Salí de ahí y llegó la hora (al fin) de ir a un estadio de verdad. Tenía que ir al estadio de Nacional. Les cuento que aquí sí vale la pena pararse pues el primer partido en la historia de los Mundiales, se jugó aquí, en el Parque Central, en el barrio de La Blanqueta.

Esta es la fachada principal del estadio y en la puerta, se pueden observar las placas conmemorativas del primer partido de las Copas del Mundo. ¿Quién jugó? Pregúntenle a Google. Eso sí lo sé pero es una buena trivia eh.

Acá vemos uno de los palcos. Me llamó la atención que cada uno tiene 18 asientos. Ya los quisiera el Estadio Azteca y las sillas se ven mucho más cómodas que las del coloso de Santa Úsula, aunque tampoco es nada del otro mundo, ni que fuera el estadio de los Dallas Cowboys.

La cancha estaba impecable. Me dio gusto visitar este estadio lleno de historia. En ese momento la estaban podando.

Lo que más me llamó la atención, es que cada abonado tiene su asiento reservado y le ponen su nombre. Pobre del cuate que tiene que ir pegando todos los nombres porque son como 5 mil.

Esto es en el pasillo de los palcos. Nótese que el 13 se llama Loco Abreú, quien es todo un dios en este equipo.

No hay plazo que no se cumpla. Después de años de querer visitar el Estadio Centenario, al fin se me iba a hacer. Este definitivamente es uno de los grandes estadios del mundo, aunque sólo por su historia, pues lo rústico predomina en él.

La zona donde el Centenario se ubica está a diez cuadras del Parque Central de Nacional y definitivamente, aunque a este equipo le pese, Peñarol es el cuadro más famoso de Uruguay y juega en el Centenario. Al fin un estadio que no está en medio de las casas y que tiene vías de acceso acorde al aforo del mismo. En estas imágenes se puede ver la columna que pasan en todas las transmisiones de la Copa Libertadores. Abajo, la cancha.

Después de eso ya moría de hambre y me lancé al Montevideo Shopping, una plaza que según los lugareños, es la mejorcita del país. A ver si como roncan duermen pistolitas. Nahh decepcionante su mall. No hay muchas tiendas y lo más famoso era Zara y Mcdonald’s. En serio que Uruguay se parece mucho a Sudáfrica. La plaza estaba llenísima, igual que Sandton en Johanesburgo y se ve que es el lugar cool para estar.

Finalmente, tomé el ómnibus, así le dicen acá al camión y me dirigí al Parque Rodó. Bonita sorpresa fue este lugar que como su nombre lo dice, es un parque a la orilla del Río de la Plata y a lado está el estadio de Defensor Sporting. Fue aquí donde Fénix le atascó seis goles a Cruz Azul, pues en su canchita no hay juegos internacionales. Acá está la vista desde una de las porterías y la entrada principal. Otra vez un estadio chiquito.

Así fue mi día. Entre estadio y estadio. Ahora estoy muerto de cansancio. Mañana toca viajar a primera hora a Colonia para el viernes regresar a Buenos Aires e ir al aeropuerto por la Coriniwish que ya va a llegar. La la la .

Al otro lado del Río de la Plata existe un país llamado Uruguay

Uruguay es como un pueblo fantasma. Después de las siete de la noche, todo se muere. Yo pensé que este era un fenómeno que sólo se observaba en Punta del Este, pero Montevideo no es la excepción. Tal parece que a los uruguayos después de la Familia Telerín, su lechita y a dormir.

De las madrugadas ni hablamos. En las dos horas de camino de Colonia a Montevideo, apenas logré ver seis coches en la carretera. Cabe señalar que estuve hora y media dormido (jijiji) pero igual ver seis troncomóviles en media hora es muy poco. Eso no pasa ni en Champotón Campeche en plena época de inundaciones.

El check in del hostal era hasta las dos de la tarde y apenas amanecía. Mejor me eché una pestañita de cuatro horas en el sillón del cuarto de la tele porque ya no aguantaba. Después de eso, salí a caminar y a comprar un candado para poder guardar mis cosas. Con lo desconfiado que soy y viniendo de México, más vale.

Caminé por el puerto de Montevideo hasta llegar al Mercadiro del Puerto y ahí me metí a comer. Es una especie de Mercado de San Juan pero sólo con puestos de comida y en cada puesto tienen el asador prendido. Me decidí por un vacío pero la verdad me decepcinó un poco. Eso si, tenemos que aprenderles a cómo hacer la carne pa que se cueza bien por dentro, de forma uniforme pues.

Con la carne y el chorizo (sin albur), me dio mucha sed y entré a un súper a comprarme una botella con agua. Apenas puse un pie dentro y ya se escuchaba una canción de Alejandra Guzmán. Acá en Sudamérica son fanseses de la música mexicana y en cualquier lugar al que vas, conocen a Reik, Christian Castro y el más famoso: Luis Miguel.

Seguí caminando y me topé con unos niños echando unos penales. Según ellos, el portero era Fabián Carini y tiraba Luis Suárez. Como me dieron de meterme y cortarle la mano al chamaquito que se sentía Suárez a ver si así le sigue gustando que su jugador favorito sea un tramposo. El niñito apenas tenía unos diez años y pasaron unas nenorras como de veinte y sin conocerlas, el escuincle le gritó a una: “te dedico este gol”. Ay goeeeeeey qué valor y que aventado el niño. ¡Total que se enfiló y le pegó con todas sus fuerzas y lo falló! Yo no me aguanté la risa y me reí en su cara.

Montevideo es un lugar de contrastes. La pobreza está con todo y es una ciudad cara. Parece que la muchachada apenas conoció el spray en aerosol, pues la mayoría de las paredes de la ciudad, están pintarrajeadas, incluso en los barrios de los millonetas. Tal parece que es una moda difícil de erradicar y muchos de los mensajes son de fútbol. Es clásico toparse con algún disparate para apoyar a la selección, la abiceleste, por la que todos se desviven.

Acá les dejo las imágenes del día.  Por cierto, no se quejen de los errores de ortografía. Generalmente escribo en la noche y después de caminar 15 kilómetros, lo que menos quiero es editar un texto. Por cierto, ya van cuatro botellas.

Un parquecito que está apenas a media cuadra del hostal

En cada puesto del mercado del Puerto se aprecia un asador como este

Después de haber ganado la Copa América y el buen papel en el pasado Mundial, la selección está de moda

Un señor mostrando sus obras de arte, pero para serles sinceros, entre su arte y mi arte, prefiero mi arte.

La pasión manda…

La vista de Montevideo desde la Rambla Sur

Me dijeron qué era este edificio pero ya se me olvidó. ustedes investiguen.

Empieza la cuenta: ¿Cuántas botellas de vino se destaparán?

Ya llegamos a Buenos Aires y luego luego empiezan los robos descarados. Un taxi del aeropuerto a la ciudad, algo así como 25 kilómetros a casa de Mariela mi cuñada, cuesta 180 pesos argentino, 540 pesos mexicanos. Se manchan. Los argentinos se creen europeos hasta para los precios. Están mal estos muchachos.

Una vez que se me pasó el coraje por la estafa del taxi, llegamos a casa de Mariela, quien vive en Villa Urquiza, al norte de Buenos Aires. Ya nos esperaba ahí la chiquita mamá con todo y los fiambres y el suegro ya quería que abriéramos una botella de vino y eran las once la noche. ¿Qué pasó? El bar se abre a partir de las doce.

Después de echar el chisme cachetón y empacarnos unas milanesas con papas, salimos a cumplir los mil pendientes que tenemos por estos rumbos. Y es que es un hecho que venimos a la boda de Mariela, pero hay mil cosas que hacer y cobrar. Acabamos en el Banco de la Nación Argentina cobrando una pensión y luego nos echamos cuarenta minutos de espera tratando de comprar la tarjeta el Metro (Subte) y acabamos saliéndonos porque acá la burocracia para los trámites es peor que en México.

Ya estábamos desvíelandonos y mejor paramos en la esquina de Santa fe y Pueyredón a tomarnos la primera Quilmes del viaje para después ir a pagar el departamento que rentamos Corina y este chaparrín que les escribe. Entre que firmaba el contrato y me explicaban mil cosas, tuve que convivir con la corredora media hora y le apestaba el hocico. No miento. El olor era peor que el del canal de los Remedios en plena época de lluvias y desbordamientos.

Salimos de ahí y queríamos ir a la casa de Mariela, pero ohhh sorpresa… se llevó las llaves que nos había dado y no teníamos forma de entrar. A caminar otro rato. Para la noche y una vez que llegaron Mariela y Nico (su novio)  cenamos ravioles y abrimos unas botellitas de vino, incluyendo una reserva de Luigi Bosca que sigue sin terminarme de convencer. Juro que prefiero mis vinos de 60 pesos del Superama.

Me tuve que apurar porque a las doce de la noche salía mi ferry a Uruguay, iba a Montevideo con una escala en Colonia. Fueron tres horas en el barquito pedorro y sólo son 76 kilómetros. Creo que hubiera llegado más rápido en bicicleta con flotis.

El mentado Buquebús es chatísima. Desde seguridad te das cuenta que nomás no la hacen estos muchachos. Te dejan pasar cualquier cosa y la verdad es que deberían ser más exigentes con las revisiones, no es un viaje cualquiera. Pueden ir como 500 personas abordo y cualquiera puede llevar material peligroso y nadie se da cuenta.

Además, te dicen que te formes media hora de treparte al ferry. La fila luce muy tranquila y ordenada pero nomás avisan que ya es hora de embarcar, la gente se amontona y quiere subir primero. De repente me sentí en la Central de Bastos un sábado por la mañana después de ser quincena. Sólo faltaban los diablitos que te pisan y les vale, pero acá estaban los argentinos, casi lo mismo.

Ya en Uruguay, me estaba congelando porque eran las cuatro de la mañana y hacía mucho frío en el puerto. Finalmente, el camión salió a Montevideo. Ahora ya estoy por estos rumbos y voy a dormir un rato porque llevo dos noches sin tocar una cama y ya me duele la espalda. Van tres botellas de vino y contando

Ya de salida…

Que el check-in es hasta las dos. Son las ocho de la mañana.¡Mecachis! Voy a tener que dormir sentado otra vez.

Esta es la entrada del Buquebús, que se encuentra en Puerto Madero.

Y esta es la estación del mentado Buquebús por dentro. Es el área de documentación de equipaje.

El barco por dentro. Esta es la cabina principal y es donde iba yo sentado

En la parte de abajo, el Buquebús tiene una tienda de Duty Free que resulta la sensación para los argentinos. Nada del otro mundo y los precios mucho más elevados que en México. Del lado izquierdo hay unas maquinitas y unas mesas para chismear.

Estación de camiones de Tres Cruces de Montevideo.